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Johnny Alberto Salazar

sábado, 14 de marzo de 2009

Ojala que la esperanza,en este caso,también venza al miedo

Por Radhamés Pérez
Vigilanteinformativo.blogspot.com

NUEVA YORK.- Algunos le conocen como el Pulgarcito de América, dada su extensión territorial de 21,476 kilómetros cuadrados. Con 188 años de vida republicana, logró su independencia de España.

Desarrolló su vida de nación independiente bajo gobiernos, liberales o conservadores, al servicio, en lo esencial, de los grupos oligárquicos y de los terratenientes.

En medio de una grave crisis económica que fue marcada por la Gran Depresión que desplomó la economía de Estados Unidos a partir del 1929, el Pulgarcito de América conoció de una masiva insurgencia armada que terminaría registrando unos 30 mil indígenas, campesinos y trabajadores muertos, incluido el principal líder insurgente Farabundo Marti.

Como habrán notado, nos referimos a El Salvador, pueblo de una larga tradición de lucha tras la libertad, el bienestar y la justicia social.

Ese espíritu de lucha y los propósitos que le motivan se expresarían de diversas maneras en el ciclo histórico iniciado a partir del fracaso del levantamiento armado del 1932, tramo histórico de predominio de gobiernos dictatoriales y represivos mayormente encabezados por militares.

Resistiendo siempre aún bajo difíciles condiciones, sectores organizados del pueblo articularían, durante los años 70’s y 80’s, un activo y vigoroso movimiento guerrillero que conduciría al país a un estado de guerra de civil.

Acompañado de un poderoso movimiento de masas, la guerrilla salvadoreña alcanzaría renombre mundial al lanzar, el 11 de noviembre del 1989, lo que denomino ofensiva general que estremecería hasta la capital de la nación, centro del poder político, financiero, económico y militar de las elites de la sociedad.

Sangrado su pueblo, sobre todo por la genocida conducta del Ejército Nacional y sus grupos de paramilitares; registrado un equilibrio de fuerza difícil de inclinar de manera definitoria hacia una de las partes confrontadas y con una realidad internacional en desarrollo que privilegiaba nuevos métodos de lucha para los sectores contestatarios, se le dio inicio a un proceso de diálogo y negociación que concluiría, el 16 de enero de 1992, con un “Acuerdo de Paz” firmado entre el gobierno y el Farabundo Marti para la Liberación Nacional (FMLN) en el Castillo de Chapultepec, México.

Así, con una deuda histórica a saldar con por lo menos los 75 mil muertos y desaparecidos de la Guerra Civil, El Salvador entró en una nueva fase de su desarrollo institucional conducido por gobiernos electos en cuestionados procesos electorales que les restaban legitimidad a sus autoridades y con una definida preferencia con los intereses de los Estados Unidos y con una poderosa minoría que controla su vida política-económica.

De ahí la responsabilidad de sus gobernantes con las serias limitaciones institucionales que arrastra el país y que limitan la efectividad de su democracia y con los graves problemas económicos que reducen el nivel y la calidad de vida de las mayorías nacionales y que hace posible el que la pobreza arrope al 36.82% de la población urbana y al 42.9% en la zona rural.

Es muestra del fracaso de estos gobiernos, también, el hecho de que El Salvador sea reconocido hoy como el país más violento de Latino-América con sus 8 asesinatos por día, así como por ser una de las naciones de la región con más capacidad emisora de inmigrantes con su alrededor de 3 millones de connacionales en ultramar, mayormente en EE.UU.

En este contexto es que debemos de analizar una posible victoria del FMLN y su candidato Mauricio Funes, de cara a las votaciones de este domingo 15 de marzo.

De hecho, las mayorías de los estudios de intención del voto dado a conocer durante todo el tramo de la campaña, colocan a este en una primera posición como partido y a su candidato también, con un margen mayor de victoria, en relación a su contrincante Rodrigo Ávila, el cual se postula por el gobernante Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).

Sin embargo, las propias encuestas registran una negativa percepción ciudadana acerca de la limpieza del acto de votación y el conteo de los votos, lo que de ocurrir puede afectar el desempeño final de la candidatura del Frente.

En tal sentido, procede señalar que en su más reciente encuesta el Instituto de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana recoge que un 44.2% de los encuestados cree que habrá fraude, mientras un 42.6% opina lo contrario.

La misma muestra establece que el 75% cree que hay campaña sucia y de miedo. Esto se agrava con la opinión opositora que cuestiona la integridad e imparcialidad del más alto tribunal electoral del país.

En El Salvador la ciudadanía está compelida a decidir entre la esperanza y el miedo, tal y como ocurrió en Brasil, Venezuela, Bolivia, Estados Unidos y en otras naciones del Continente. Ojala que la esperanza, en este caso, también venza al miedo.